Wednesday, November 28, 2012

Berlin, DE. Redescubriendo la capital del Reich.

¡Buenas noches!

Redescubriendo, digo, porque ya había estado en Berlin hace tres o cuatro años con mis padres. Sin embargo, en esta ocasión visito a mi ex-compañero de trabajo y amigo Pere, que vive con su novia, Silvia, en la ciudad desde el pasado verano (gracias por vuestra hospitalidad). Llegué a Berlín ayer por la tarde, y fue muy curioso el hecho de que al aparcar el coche en Schöneberg (el distrito en el que viven, por cierto bastante céntrico) me encontré de casualidad con Silvia por la calle, así que me acompañó a casa, donde ya me esperaba Pere. Nada mejor que ponernos al día delante de un par de cervezas, o dos pares, como bien manda la tradición. En Berlín me quedaré, en principio, hasta el fin de semana, cuando ya tomaré rumbo hacia el oeste de Alemania. Tiempo de sobra para perderme un poco por la ciudad, quedar con otros viejos amigos que están desperdigados por la urbe y hacer muchas, muchas cosas. Porque en una gran ciudad cosmopolita, como es Berlín, es imposible aburrirse.

Berlin, al igual que la mayoría de las ciudades de Alemania que he visitado, posee dos características fundamentales que la identifican. Primero, que fue fundada en la Edad Media, y de hecho no hace mucho que celebraron su 750 aniversario. Luego, que fue ampliamente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no destruyeron los bombardeos aliados se encargaron de hacerlo rusos y alemanes combatiendo durante la Batalla de Berlin, una de las más cruentas de la guerra, y que marcó el fin de la misma cuando los rusos consiguieron tomar el Reichstag y colocar una bandera de la URSS sobre su cúpula. Ello explica que la inmensa mayoría del entramado antiguo esté perdido, y que edificios modernos y grandes plazas aparezcan como setas por doquier. Sin embargo, todavía se conservan algunos edificios, la mayoría reconstruidos, que reflejan buena parte del esplendor antiguo de la ciudad, muy importante sobre todo a raíz del auge del Reino de Prusia durante la segunda mitad del siglo XVIII y el siglo XIX. Personalmente, destacaría las grandes avenidas del Stadtmitte, los jardines del Tiergarten (antiguo coto de caza imperial), el parlamento (Reichstag), la Puerta de Branderburgo (Branderburger Tor), la Columna de la Victoria o la fantástica Catedral. Pero, sobre todo, la fantástica isla de los museos, un islote fluvial sobre el río Spree donde a lo largo de tres o cuatro edificios se distribuyen joyas como el Altar de Pérgamo, la Puerta de Ishtar de Babilonia o el busto de Nerfertiti.

Sin embargo, lo más sorprendente es el hecho de conocer cómo una ciudad pudo ser partida en dos, estar completamente dividida y aislada una parte de otra durante casi treinta años y luego volver a unificarse. Hablo, como no podía ser de otra manera, del famoso muro de la discordia. Tras la Segunda Guerra Mundial, los distritos de Berlin fueron repartidos bajo cuatro zonas de influencia, tres aliadas y una soviética. Con los años, y debido a las tensiones existentes durante la Guerra Fría, se levantó un muro entre la zona occidental y la oriental, que separó a vecinos, familiares y amigos durante casi tres décadas. Este muro duró hasta la caída del mismo y la reunificación del país, en el año 89. Una vergüenza, y lo más triste de todo es que no hace ni veinticinco años que pasó. Además, esta separación ha marcado (y sigue marcando) la arquitectura de la ciudad, pues la reconstrucción de la misma se llevó a cabo de manera muy diferente según quién dominara el distrito en cuestión. Así, grandes bloques monstruosos y amplias avenidas dominan la zona de influencia soviética, mientras que la zona aliada tiene un look and feel totalmente diferente, mucho más occidental. Se me hace muy curioso ir de un barrio y otro y observar dos realidades diferentes, como si viajaras de un país a otro. Pero, entre otras cosas, esto es lo que le da a Berlin un encanto especial.

Esta mañana he tenido el placer de coger la bicicleta de Silvia y darme un paseo por algunas de las zonas más céntricas de Berlin, cosa que he disfrutado muchísimo. En primer lugar, porque hacía bastante tiempo que no cogía una bicleta, y luego porque el tiempo ha acompañado (unos ocho o nueve grados y ausencia de lluvia, aunque el sol se había ido por tabaco, como la mayoría de los días). Así que nada, saliendo de Schöneberg, vueltecita por Postdammerstrasse y empalmar con Leipzigerstrasse hasta AlexanderPlatz, donde me homanajeé con un Wurst de una cuarta de largo. A la vuelta, isla de los museos, Unter den Linden, Branderburger Tor, Tiergarten y finalmente giro hacia el sur de nuevo hacia Schöneberg vía Martin Luther strasse. Varios kilómetros de recorrido, pero de un modo muy relajado y disfrutando del paisaje de un precioso día otoñal. Berlin lo merece.

Alexanderplatz, Berlin

Vista de Alexanderplatz y alrededores desde la isla de los museos, Berlin

Berliner Dom, Berlin

Branderburger Tor, Berlin

Reichstag, Berlin

Lutherbrücke sobre el río Spree a la altura del Tiergarten, Berlin

Monumento a Otto Von Bismarck en el Tiergarten, Berlin

Columna de la victoria en mitad del Tiergarten y la bici  de Silvia con la que he hecho el tour por la ciudad, Berlin

Y esta tarde, para tomar el aire un poco, hemos dado vuelta por Neukölln y Alexanderplatz, donde hemos tomado un par de jarras de Glühwein (vino caliente, típico de varias regiones de Centro Europa en época prenavideña), que le sientan al organismo de maravilla. ¡Esta semana promete!

2 comments:

  1. Hola! Estoy deseando ir a Berlín.. Todo el mundo dice que es muy bonito!!

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  2. Te lo recomiendo tío... además el rollo de Neukölln (un barrio) es superchulo por el ambiente bohemio, la cantidad de bares que hay, la gente cosmopolita de mil sitios diferentes... Te encantaría!

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